La gente, ya sabes, esa gente, nuestra gente. Tenemos tanto tiempo sin vernos... cuando llego a encontrármelos siempre me preguntan por ti.
Quieren saber si soy tan imbécil como para seguir hablándote.
Las primeras veces, ante la afirmativa, me intimidó presenciar sus reacciones condescendientes "no, mira, no te conviene...".
Y entonces, cambié.
Y ahí obedecí a la lógica más propia, al consejo más sensato: "¿Y has sabido algo de él?" "No".
¡Oh decepción!, en un acto más desangelado que el anterior, veo en los rostros la reacción incómoda, el aliento contenido, la lección no dictada, el maestro silenciado. Cambio de tema, soy una lerda.
Pero ya lo descubrí. Ahora es ahí cuando dejo correr la anécdota y el último desliz y lo mal que me hizo tu último adiós y la despedida descorazonadora y mi falta de previsión. Y la gente se conforta y toma aire porque puede decirme en que me equivoqué y que todo estará bien.
Ya, ya.
Ya lo sé. ¿Ya se sienten mejor? Por cierto, yo también.


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