Se me acaba la voluntad de ser otra que no sea la que se supone que soy.
Quiero llorar, con la cara entre las manos, como una chiquilla, sin pudor, sin reparo, sin mi propia censura que me enferma.
Entre mis sábanas está el olor de tu desfachatez, de tus veintiseis años y de mi estúpida frustración por ya no ser yo, sin permiso de tener sueño, ni amor, ni dolor, ni deseo, mucho menos precaución.
Me preguntas algo y entre murmullos entiendo, que si eres, que si te sientes una persona solitaria. Quisiera explicarte la tremenda distancia que separa nuestros cuerpos desnudos bajo el agua.
¿Que si soy solitaria? ¿Pero de qué hablas? Un silencio tremendo entrará por la ventana.
Parpadeo, te levantas.
Ya sé que te vas a ir mañana en la mañana. Yo quisiera que te quedaras, toda la semana. Te digo que no, que todo bien, que no pasa nada.